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¿Es el café portugués mejor que el español? Historia, mitos y realidad del café de especialidad
¿Es el café portugués mejor que el español? Historia, mitos y realidad del café de especialidad
¿Es el café portugués realmente mejor que el español? Origen de un mito que aún perdura
En Andalucía —y de forma muy especial en Huelva— existe una creencia que se ha transmitido casi de generación en generación: el café portugués es mejor que el español. No es una opinión reciente ni nace del análisis del producto en sí, sino de una memoria colectiva construida en un contexto histórico muy concreto, marcado por la escasez, la frontera y el contrabando.
Para entender de dónde nace esta idea hay que viajar varias décadas atrás, a una época en la que el café no era un producto cotidiano, sino un bien casi de lujo. Solo entonces se explica por qué un café que cruzaba clandestinamente la frontera adquiría automáticamente un aura de calidad superior.
Hoy, sin embargo, el contexto ha cambiado radicalmente. El auge del café de especialidad en España ha desmontado muchos de estos mitos y ha situado a los tostadores españoles en el mismo plano que los portugueses, italianos o cualquier otro referente europeo. Pero para llegar ahí, primero hay que entender la historia.
La Raya, el contrabando y el nacimiento del mito del café portugués
Durante la posguerra española, el café era un producto escaso, caro y difícil de conseguir. En las zonas fronterizas entre España y Portugal —lo que históricamente se conoce como La Raya— el contrabando no era una excepción, sino una forma de supervivencia.
Localidades como Paymogo, Sanlúcar del Guadiana o El Granado vivieron durante décadas del trasiego nocturno de mercancías. El río Guadiana y sus orillas se convirtieron en auténticas arterias comerciales clandestinas por las que entraban productos básicos que en España escaseaban: azúcar, harina… y, por supuesto, café.
En la posguerra y durante los años de autarquía, el café en España se convirtió en un producto caro, escaso y fuertemente controlado. Con el país empobrecido y sin el respaldo colonial que antes había sostenido ciertas rutas comerciales, el acceso al café se volvió difícil para la mayoría. En ese contexto, en la frontera con Portugal el contrabando no fue una rareza, sino una vía real de abastecimiento: café que cruzaba la Raya porque aquí no se conseguía con facilidad o directamente no se conseguía. La percepción de “café portugués” como mejor nace de ahí: no de una superioridad objetiva del grano, sino de una realidad de escasez, control y supervivencia.
Esta percepción se consolidó con el tiempo. Como recoge el historiador Manuel Peña Díaz en sus estudios sobre el contrabando en la Raya, ya en el siglo XVI la actividad era tan relevante que Felipe II intentó controlarla mediante puestos aduaneros. Sin éxito. Ni los impuestos, ni los carabineros, ni los controles lograron erradicar una práctica que estaba profundamente arraigada en la economía local.
En el siglo XIX, el café se convirtió en uno de los productos estrella de este comercio ilegal. Procedía en gran medida de las colonias portuguesas en África y Sudamérica —Brasil, Cabo Verde, Santo Tomé—, llegaba a Lisboa por vía marítima y desde allí cruzaba la frontera española a lomos de mulos y burros.
No es casualidad que el burro forme parte del imaginario del contrabando… ni del logo de Hortelano Coffee Roasters. Es un símbolo de resistencia, de economía de subsistencia y de una relación con el café marcada por la necesidad, no por la calidad objetiva.
De la escasez al torrefacto: cómo se deformó el gusto cafetero en España
El problema no fue solo el contrabando. Fue lo que vino después.
Durante décadas, el café en España estuvo condicionado por la falta de producto y la necesidad de abaratar costes. De ahí surge la implantación masiva del café torrefacto: un café tostado con azúcar añadido para alargar su vida útil y enmascarar defectos del grano.
Este tipo de café se normalizó hasta el punto de que varias generaciones crecieron asociando el sabor amargo, quemado y agresivo con “un café fuerte” y, por tanto, “un buen café”. Mientras tanto, países como Portugal o Italia, aunque también con sus propios vicios industriales, mantuvieron una cultura cafetera más ligada al café natural.
Aquí se produce el verdadero quiebre cultural: no es que el café portugués fuera mejor, es que en España se normalizó durante demasiado tiempo un café objetivamente peor. El mito no hablaba del producto portugués, hablaba de nuestras propias carencias.
El presente: el café de especialidad cambia las reglas del juego
El escenario actual no tiene nada que ver con aquel contexto histórico. Hoy el café ya no llega por contrabando ni se compra a ciegas. El café de especialidad ha introducido una lógica completamente distinta: trazabilidad, transparencia y respeto por el producto.
En España han surgido decenas de tostadores artesanales que trabajan con cafés de origen único, seleccionados directamente en países productores como Etiopía, Colombia, Guatemala o Brasil. Cafés evaluados, puntuados y tostados para resaltar su perfil aromático, no para ocultarlo.
El tostador ya no es un intermediario anónimo: es un profesional que entiende el grano, ajusta el tueste y asume la responsabilidad del resultado en taza. Y en este terreno, España no solo compite, sino que destaca.
Hoy encontramos tostadores españoles reconocidos internacionalmente, cafeterías de especialidad en prácticamente todas las grandes ciudades y un consumidor cada vez más formado, que empieza a distinguir entre intensidad y calidad, entre amargor y complejidad.
Café portugués y café español: lo que realmente marca la diferencia
Llegados a este punto, la comparación pierde sentido si se plantea en términos nacionales. El café no es mejor por ser portugués, español o italiano. Es mejor —o peor— por cómo se cultiva, se procesa, se transporta y se tuesta.
Portugal tuvo una ventaja histórica por su acceso temprano al café a través de sus colonias, del mismo modo que España la tuvo en América. Pero hoy, en pleno siglo XXI, esa ventaja ya no existe. Ambos países juegan en el mismo tablero global del café de especialidad.
La verdadera diferencia ya no está en el país, sino en el modelo: café industrial frente a café de especialidad. Y en ese modelo, los tostadores españoles no tienen absolutamente nada que envidiar.
Conclusión: desmontando el mito desde la taza
El mito del café portugués nace de la escasez, del contrabando y de una época en la que el acceso al café estaba marcado por la supervivencia. No por la calidad.
Hoy, ese relato ya no se sostiene. España vive un momento de madurez cafetera sin precedentes, en el que el café de especialidad ha devuelto al consumidor el control sobre lo que bebe. Sabemos de dónde viene el café, quién lo cultiva, cómo se ha procesado y cuándo se ha tostado.
El buen café ya no cruza fronteras de noche ni se esconde en alforjas. Se elige, se entiende y se disfruta.
Y eso, más que una cuestión de país, es una cuestión de cultura. ☕
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