¿Por qué el precio del café en los supermercados es tan barato en comparación con los mercados internacionales?

Para muchos consumidores, el precio del café sigue siendo un pequeño misterio. Basta con leer un titular sobre el mercado internacional para que surja la duda:
¿cómo puede ser que el café verde cotice en la Bolsa de Nueva York a precios que superan los 3,20 dólares por libra (unos 7,14 dólares por kilo) y, aun así, encontremos café en el supermercado a precios sorprendentemente bajos?

Si lo pensamos con calma, la cuenta no parece salir. Al precio del café verde hay que sumarle la merma del tostado —alrededor de un 18–20 %—, el proceso de tueste, la molienda, el envasado, el transporte, el almacenamiento, la distribución y, por supuesto, el margen comercial.
Entonces, ¿cómo es posible que alguien compre café a ese precio y lo venda a 10 € el kilo ya tostado?

La respuesta no es sencilla ni única. Está ligada a factores económicos, sociales, productivos y de calidad, y para entenderla hay que mirar más allá del precio final.

El precio internacional del café y la calidad real del producto

Cuando hablamos del precio del café en los mercados internacionales no estamos hablando de café listo para beber ni de café de alta calidad. Estamos hablando de una materia prima estandarizada, diseñada para facilitar operaciones financieras y contratos a gran escala.

Ese precio no distingue entre un café bien recolectado y uno lleno de defectos. No diferencia variedades, procesos ni prácticas agrícolas. Es un precio de referencia, no un indicador de excelencia.

Aquí aparece la primera gran diferencia con el café de especialidad. El café que trabajamos en tostadores como Hortelano Coffee Roasters tiene un precio más elevado porque cumple con estándares rigurosos de cultivo, selección y procesamiento, cuenta con certificaciones de comercio justo, en algunos casos con sellos ecológicos, y procede de fincas reconocidas, incluso premiadas en certámenes como la Taza de la Excelencia.

Todas esas cualidades —intrínsecas y extrínsecas— incrementan el valor del grano. Y no lo hacen solo para un tostador concreto, sino para cualquier comprador que compita por ese mismo café en origen. El precio del café de especialidad se construye desde la calidad, no desde la bolsa.

En cambio, el café que llega al supermercado suele responder a una lógica muy distinta: granos de menor calidad, mezclas de diferentes procedencias, uso habitual de variedades como Robusta —más barata y productiva que el Arábica— y, sobre todo, compra de cosechas completas por lotes, sin selección fina.

Economías de escala y contratos que fijan precios bajos

Otro factor clave es el tamaño. Las grandes marcas trabajan con volúmenes enormes y contratos a largo plazo cerrados muy por debajo del precio medio del mercado. Esta planificación les permite garantizar suministro constante y estabilidad de precios en los lineales, incluso en momentos de volatilidad.

Pero este modelo tiene una cara menos visible. La presión económica recae casi siempre sobre el caficultor, que ve cómo su margen se reduce hasta el límite. Los ingresos no reflejan el esfuerzo ni el riesgo de producir café año tras año, y esto condiciona directamente las prácticas agrícolas.

Cuando el objetivo es reducir costes para cumplir un contrato, la sostenibilidad y la innovación pasan a un segundo plano. El resultado es un sistema que perpetúa precios bajos en origen mientras las grandes marcas se benefician de economías de escala y estrategias comerciales agresivas.

Adulteración, torrefacto y la distorsión del precio en España

En países como España hay un elemento adicional que explica el bajo precio del café: el torrefacto. Este método, que consiste en tostar el café con azúcar, permite disimular defectos graves del grano y abaratar el producto final, pero a costa del sabor y de la salud.

Además, algunas marcas recurren a mezclas con otros ingredientes —achicoria, cebada o restos de café previamente tostado— para aumentar volumen y reducir costes. Estos procesos industriales están pensados para competir en precio, no para preservar la calidad.

El problema es que muchas veces el etiquetado no es claro, lo que genera la sensación de estar comprando café puro cuando en realidad se trata de un producto altamente adulterado. Esto no solo afecta al consumidor, sino que distorsiona completamente la percepción del valor real del café.

Mano de obra barata y el coste humano del café barato

Gran parte del café barato procede de países donde los caficultores trabajan en condiciones precarias, con jornadas largas y una remuneración mínima. Sin protección social ni estabilidad económica, el precio bajo se sostiene sobre una base frágil.

Un ejemplo claro es el café producido bajo condiciones laborales estadounidenses, como ocurre en Puerto Rico. Allí, el coste de producción puede ser hasta diez veces superior al de otros países productores, precisamente porque existen salarios mínimos, derechos laborales y controles. No es una cuestión de romanticismo, sino de estructura económica.

Qué estamos pagando cuando compramos café de especialidad

Cuando comparamos el café comercial con el café de especialidad, la diferencia de precio responde a costes reales que no aparecen en el mercado de valores: control de calidad, catas continuas bajo estándares de la Specialty Coffee Association, procesos cuidados como fermentaciones controladas o secados lentos, logística especializada, certificaciones y comercio internacional transparente.

Todo eso no encarece el café por capricho. Lo sitúa en el lugar que le corresponde como producto agrícola, fresco y complejo.

Reflexión final

Cuando compramos café barato, la pregunta no debería ser si estamos ahorrando unos euros, sino qué modelo estamos sosteniendo. Un precio bajo suele esconder una cadena de producción que presiona al agricultor, degrada la calidad y tiene impacto directo en el medio ambiente.

Elegir café de especialidad no es solo una cuestión de sabor —aunque la diferencia en taza sea evidente—, sino una forma de apoyar a pequeños productores, fomentar prácticas sostenibles y devolverle al café el valor que merece.

En Hortelano Coffee Roasters trabajamos precisamente para eso: crear una relación directa y transparente entre el origen y la taza. Ofrecer un café que explica su precio sin necesidad de justificarlo, porque cuando entiendes todo lo que hay detrás, el valor deja de ser una incógnita y se convierte en una elección consciente.

 

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